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CARTA ENCÍCLICA
SPE SALVI
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA ESPERANZA CRISTIANA
Introducción
1. «
SPE SALVI facti sumus
» – en esperanza fuimos salvados, dice san
Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm
8,24). Según la
fe cristiana, la « redención », la
salvación, no es simplemente un dato de
hecho. Se nos ofrece la salvación en el
sentido de que se nos ha dado la esperanza,
una esperanza fiable, gracias a la cual
podemos afrontar nuestro presente: el
presente, aunque sea un presente fatigoso,
se puede vivir y aceptar si lleva hacia una
meta, si podemos estar seguros de esta meta
y si esta meta es tan grande que justifique
el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos
plantea inmediatamente la siguiente
pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser
esta esperanza para poder justificar la
afirmación de que a partir de ella, y
simplemente porque hay esperanza, somos
redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de
certeza se trata?
La fe es esperanza
2. Antes de ocuparnos
de estas preguntas que nos hemos hecho, y
que hoy son percibidas de un modo
particularmente intenso, hemos de escuchar
todavía con un poco más de atención el
testimonio de la Biblia sobre la esperanza.
En efecto, « esperanza » es una palabra
central de la fe bíblica, hasta el punto de
que en muchos pasajes las palabras « fe » y
« esperanza » parecen intercambiables. Así,
la Carta a los
Hebreos une
estrechamente la « plenitud de la fe »
(10,22) con la « firme confesión de la
esperanza » (10,23). También cuando la
Primera Carta de Pedro
exhorta a los cristianos a estar siempre
prontos para dar una respuesta sobre el
logos
–el sentido y la razón–
de su esperanza (cf. 3,15), « esperanza »
equivale a « fe ». El haber recibido como
don una esperanza fiable fue determinante
para la conciencia de los primeros
cristianos, como se pone de manifiesto
también cuando la existencia cristiana se
compara con la vida anterior a la fe o con
la situación de los seguidores de otras
religiones. Pablo recuerda a los Efesios
cómo antes de su encuentro con Cristo no
tenían en el mundo « ni esperanza ni Dios »
(Ef
2,12). Naturalmente, él
sabía que habían tenido dioses, que habían
tenido una religión, pero sus dioses se
habían demostrado inciertos y de sus mitos
contradictorios no surgía esperanza alguna.
A pesar de los dioses, estaban « sin Dios »
y, por consiguiente, se hallaban en un mundo
oscuro, ante un futuro sombrío. «
In nihil ab nihilo quam
cito recidimus »
(en la nada, de la nada, qué pronto
recaemos)[1],
dice un epitafio de aquella época, palabras
en las que aparece sin medias tintas lo
mismo a lo que Pablo se refería. En el mismo
sentido les dice a los Tesalonicenses: « No
os aflijáis como los hombres sin esperanza »
(1 Ts
4,13). En este caso aparece también como
elemento distintivo de los cristianos el
hecho de que ellos tienen un futuro: no es
que conozcan los pormenores de lo que les
espera, pero saben que su vida, en conjunto,
no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro
es cierto como realidad positiva, se hace
llevadero también el presente. De este modo,
podemos decir ahora: el cristianismo no era
solamente una « buena noticia », una
comunicación de contenidos desconocidos
hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se
diría: el mensaje cristiano no era sólo «
informativo », sino « performativo ». Eso
significa que el Evangelio no es solamente
una comunicación de cosas que se pueden
saber, sino una comunicación que comporta
hechos y cambia la vida. La puerta oscura
del tiempo, del futuro, ha sido abierta de
par en par. Quien tiene esperanza vive de
otra manera; se le ha dado una vida nueva.
3. Pero ahora se
plantea la pregunta: ¿en qué consiste esta
esperanza que, en cuanto esperanza, es «
redención »? Pues bien, el núcleo de la
respuesta se da en el pasaje antes citado de
la Carta a los
Efesios: antes
del encuentro con Cristo, los Efesios
estaban sin esperanza, porque estaban en el
mundo « sin Dios ». Llegar a conocer a Dios,
al Dios verdadero, eso es lo que significa
recibir esperanza. Para nosotros, que
vivimos desde siempre con el concepto
cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a
él, el tener esperanza, que proviene del
encuentro real con este Dios, resulta ya
casi imperceptible. El ejemplo de una santa
de nuestro tiempo puede en cierta medida
ayudarnos a entender lo que significa
encontrar por primera vez y realmente a este
Dios. Me refiero a la africana Josefina
Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo
II. Nació aproximadamente en 1869 –ni ella
misma sabía la fecha exacta– en Darfur,
Sudán. Cuando tenía nueve años fue
secuestrada por traficantes de esclavos,
golpeada y vendida cinco veces en los
mercados de Sudán. Terminó como esclava al
servicio de la madre y la mujer de un
general, donde cada día era azotada hasta
sangrar; como consecuencia de ello le
quedaron 144 cicatrices para el resto de su
vida. Por fin, en 1882 fue comprada por un
mercader italiano para el cónsul italiano
Callisto Legnani que, ante el avance de los
mahdistas, volvió a Italia. Aquí, después de
los terribles « dueños » de los que había
sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita
llegó a conocer un « dueño » totalmente
diferente –que llamó « paron » en el
dialecto veneciano que ahora había
aprendido–, al Dios vivo, el Dios de
Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había
conocido dueños que la despreciaban y
maltrataban o, en el mejor de los casos, la
consideraban una esclava útil. Ahora, por el
contrario, oía decir que había un « Paron »
por encima de todos los dueños, el Señor de
todos los señores, y que este Señor es
bueno, la bondad en persona. Se enteró de
que este Señor también la conocía, que la
había creado también a ella; más aún, que la
quería. También ella era amada, y
precisamente por el « Paron » supremo, ante
el cual todos los demás no son más que
míseros siervos. Ella era conocida y amada,
y era esperada. Incluso más: este Dueño
había afrontado personalmente el destino de
ser maltratado y ahora la esperaba « a la
derecha de Dios Padre ». En este momento
tuvo « esperanza »; no sólo la pequeña
esperanza de encontrar dueños menos crueles,
sino la gran esperanza: yo soy
definitivamente amada, suceda lo que suceda;
este gran Amor me espera. Por eso mi vida es
hermosa. A través del conocimiento de esta
esperanza ella fue « redimida », ya no se
sentía esclava, sino hija libre de Dios.
Entendió lo que Pablo quería decir cuando
recordó a los Efesios que antes estaban en
el mundo sin esperanza y sin Dios; sin
esperanza porque estaban sin Dios. Así,
cuando se quiso devolverla a Sudán, Bakhita
se negó; no estaba dispuesta a que la
separaran de nuevo de su « Paron ». El 9 de
enero de 1890 recibió el Bautismo, la
Confirmación y la primera Comunión de manos
del Patriarca de Venecia. El 8 de diciembre
de 1896 hizo los votos en Verona, en la
Congregación de las hermanas Canosianas, y
desde entonces –junto con sus labores en la
sacristía y en la portería del claustro–
intentó sobre todo, en varios viajes por
Italia, exhortar a la misión: sentía el
deber de extender la liberación que había
recibido mediante el encuentro con el Dios
de Jesucristo; que la debían recibir otros,
el mayor número posible de personas. La
esperanza que en ella había nacido y la
había « redimido » no podía guardársela para
sí sola; esta esperanza debía llegar a
muchos, llegar a todos.
El concepto de
esperanza basada en la fe
en el Nuevo Testamento y en la Iglesia
primitiva
4. Antes de abordar la
cuestión sobre si el encuentro con el Dios
que nos ha mostrado su rostro en Cristo, y
que ha abierto su Corazón, es para nosotros
no sólo « informativo », sino también «
performativo », es decir, si puede
transformar nuestra vida hasta hacernos
sentir redimidos por la esperanza que dicho
encuentro expresa, volvamos de nuevo a la
Iglesia primitiva. Es fácil darse cuenta de
que la experiencia de la pequeña esclava
africana Bakhita fue también la experiencia
de muchas personas maltratadas y condenadas
a la esclavitud en la época del cristianismo
naciente. El cristianismo no traía un
mensaje socio-revolucionario como el de
Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó.
Jesús no era Espartaco, no era un
combatiente por una liberación política como
Barrabás o Bar-Kokebá. Lo que Jesús había
traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz,
era algo totalmente diverso: el encuentro
con el Señor de todos los señores, el
encuentro con el Dios vivo y, así, el
encuentro con una esperanza más fuerte que
los sufrimientos de la esclavitud, y que por
ello transformaba desde dentro la vida y el
mundo. La novedad de lo ocurrido aparece con
máxima claridad en la
Carta
de san Pablo a
Filemón. Se
trata de una carta muy personal, que Pablo
escribe en la cárcel, enviándola con el
esclavo fugitivo, Onésimo, precisamente a su
dueño, Filemón. Sí, Pablo devuelve el
esclavo a su dueño, del que había huido, y
no lo hace mandando, sino suplicando: « Te
recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he
engendrado en la prisión [...]. Te lo envío
como algo de mis entrañas [...]. Quizás se
apartó de ti para que le recobres ahora para
siempre; y no como esclavo, sino mucho
mejor: como hermano querido » (Flm
10-16). Los
hombres que, según su estado civil se
relacionan entre sí como dueños y esclavos,
en cuanto miembros de la única Iglesia se
han convertido en hermanos y hermanas unos
de otros: así se llamaban mutuamente los
cristianos. Habían sido regenerados por el
Bautismo, colmados del mismo Espíritu y
recibían juntos, unos al lado de otros, el
Cuerpo del Señor. Aunque las estructuras
externas permanecieran igual, esto cambiaba
la sociedad desde dentro. Cuando la
Carta a los Hebreos
dice que los cristianos son huéspedes y
peregrinos en la tierra, añorando la patria
futura (cf.
Hb 11,13-16;
Flp
3,20), no remite
simplemente a una perspectiva futura, sino
que se refiere a algo muy distinto: los
cristianos reconocen que la sociedad actual
no es su ideal; ellos pertenecen a una
sociedad nueva, hacia la cual están en
camino y que es anticipada en su
peregrinación.
5.
Hemos de añadir todavía otro punto de vista.
La Primera Carta
a los Corintios
(1,18-31) nos muestra que una gran parte de
los primeros cristianos pertenecía a las
clases sociales bajas y, precisamente por
eso, estaba preparada para la experiencia de
la nueva esperanza, como hemos visto en el
ejemplo de Bakhita. No obstante, hubo
también desde el principio conversiones en
las clases sociales aristocráticas y cultas.
Precisamente porque éstas también vivían en
el mundo « sin esperanza y sin Dios ». El
mito había perdido su credibilidad; la
religión de Estado romana se había
esclerotizado convirtiéndose en simple
ceremonial, que se cumplía escrupulosamente
pero ya reducido sólo a una « religión
política ». El racionalismo filosófico había
relegado a los dioses al ámbito de lo
irreal. Se veía lo divino de diversas formas
en las fuerzas cósmicas, pero no existía un
Dios al que se pudiera rezar. Pablo explica
de manera absolutamente apropiada la
problemática esencial de entonces sobre la
religión cuando a la vida « según Cristo »
contrapone una vida bajo el señorío de los «
elementos del mundo » (cf.
Col 2,8). En
esta perspectiva, hay un texto de san
Gregorio Nacianceno que puede ser muy
iluminador. Dice que en el mismo momento en
que los Magos, guiados por la estrella,
adoraron al nuevo rey, Cristo, llegó el fin
para la astrología, porque desde entonces
las estrellas giran según la órbita
establecida por Cristo[2].
En efecto, en esta escena se invierte la
concepción del mundo de entonces que, de
modo diverso, también hoy está nuevamente en
auge. No son los elementos del cosmos, las
leyes de la materia, lo que en definitiva
gobierna el mundo y el hombre, sino que es
un Dios personal quien gobierna las
estrellas, es decir, el universo; la última
instancia no son las leyes de la materia y
de la evolución, sino la razón, la voluntad,
el amor: una Persona. Y si conocemos a esta
Persona, y ella a nosotros, entonces el
inexorable poder de los elementos materiales
ya no es la última instancia; ya no somos
esclavos del universo y de sus leyes, ahora
somos libres. Esta toma de conciencia ha
influenciado en la antigüedad a los
espíritus genuinos que estaban en búsqueda.
El cielo no está vacío. La vida no es el
simple producto de las leyes y de la
casualidad de la materia, sino que en todo,
y al mismo tiempo por encima de todo, hay
una voluntad personal, hay un Espíritu que
en Jesús se ha revelado como Amor[3].
6. Los
sarcófagos de los primeros tiempos del
cristianismo muestran visiblemente esta
concepción, en presencia de la muerte, ante
la cual es inevitable preguntarse por el
sentido de la vida. En los antiguos
sarcófagos se interpreta la figura de Cristo
mediante dos imágenes: la del filósofo y la
del pastor. En general, por filosofía no se
entendía entonces una difícil disciplina
académica, como ocurre hoy. El filósofo era
más bien el que sabía enseñar el arte
esencial: el arte de ser hombre de manera
recta, el arte de vivir y morir.
Ciertamente, ya desde hacía tiempo los
hombres se habían percatado de que gran
parte de los que se presentaban como
filósofos, como maestros de vida, no eran
más que charlatanes que con sus palabras
querían ganar dinero, mientras que no tenían
nada que decir sobre la verdadera vida. Esto
hacía que se buscase con más ahínco aún al
auténtico filósofo, que supiera indicar
verdaderamente el camino de la vida. Hacia
finales del siglo III encontramos por vez
primera en Roma, en el sarcófago de un niño
y en el contexto de la resurrección de
Lázaro, la figura de Cristo como el
verdadero filósofo, que tiene el Evangelio
en una mano y en la otra el bastón de
caminante propio del filósofo. Con este
bastón Él vence a la muerte; el Evangelio
lleva la verdad que los filósofos
deambulantes habían buscado en vano. En esta
imagen, que después perdurará en el arte de
los sarcófagos durante mucho tiempo, se
muestra claramente lo que tanto las personas
cultas como las sencillas encontraban en
Cristo: Él nos dice quién es en realidad el
hombre y qué debe hacer para ser
verdaderamente hombre. Él nos indica el
camino y este camino es la verdad. Él mismo
es ambas cosas, y por eso es también la vida
que todos anhelamos. Él indica también el
camino más allá de la muerte; sólo quien es
capaz de hacer todo esto es un verdadero
maestro de vida. Lo mismo puede verse en la
imagen del pastor. Como ocurría para la
representación del filósofo, también para la
representación de la figura del pastor la
Iglesia primitiva podía referirse a modelos
ya existentes en el arte romano. En éste, el
pastor expresaba generalmente el sueño de
una vida serena y sencilla, de la cual tenía
nostalgia la gente inmersa en la confusión
de la ciudad. Pero ahora la imagen era
contemplada en un nuevo escenario que le
daba un contenido más profundo: « El Señor
es mi pastor, nada me falta... Aunque camine
por cañadas oscuras, nada temo, porque tú
vas conmigo... » (Sal
23 [22],1-4). El verdadero pastor es Aquel
que conoce también el camino que pasa por el
valle de la muerte; Aquel que incluso por el
camino de la última soledad, en el que nadie
me puede acompañar, va conmigo guiándome
para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este
camino, ha bajado al reino de la muerte, la
ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos
ahora y darnos la certeza de que, con Él, se
encuentra siempre un paso abierto. Saber que
existe Aquel que me acompaña incluso en la
muerte y que con su « vara y su cayado me
sosiega », de modo que « nada temo » (cf.
Sal
23 [22],4), era la
nueva « esperanza » que brotaba en la vida
de los creyentes.
7.
Debemos volver una vez más al Nuevo
Testamento. En el capítulo undécimo de la
Carta a los
Hebreos (v. 1)
se encuentra una especie de definición de la
fe que une estrechamente esta virtud con la
esperanza. Desde la Reforma, se ha entablado
entre los exegetas una discusión sobre la
palabra central de esta frase, y en la cual
parece que hoy se abre un camino hacia una
interpretación común. Dejo por el momento
sin traducir esta palabra central. La frase
dice así: « La fe es
hypostasis
de lo que se espera y
prueba de lo que no se ve ». Para los Padres
y para los teólogos de la Edad Media estaba
claro que la palabra griega
hypostasis
se traducía al latín
con el término
substantia. Por
tanto, la traducción latina del texto
elaborada en la Iglesia antigua, dice así: «
Est autem fides
sperandarum substantia rerum, argumentum non
apparentium »,
la fe es la « sustancia » de lo que se
espera; prueba de lo que no se ve. Tomás de
Aquino[4],
usando la terminología de la tradición
filosófica en la que se hallaba, explica
esto de la siguiente manera: la fe es un
habitus,
es decir, una constante disposición del
ánimo, gracias a la cual comienza en
nosotros la vida eterna y la razón se siente
inclinada a aceptar lo que ella misma no ve.
Así pues, el concepto de « sustancia » queda
modificado en el sentido de que por la fe,
de manera incipiente, podríamos decir « en
germen » –por tanto según la « sustancia »–
ya están presentes en nosotros las
realidades que se esperan: el todo, la vida
verdadera. Y precisamente porque la realidad
misma ya está presente, esta presencia de lo
que vendrá genera también certeza: esta «
realidad » que ha de venir no es visible aún
en el mundo externo (no « aparece »), pero
debido a que, como realidad inicial y
dinámica, la llevamos dentro de nosotros,
nace ya ahora una cierta percepción de la
misma. A Lutero, que no tenía mucha simpatía
por la Carta a
los Hebreos en
sí misma, el concepto de « sustancia » no le
decía nada en el contexto de su concepción
de la fe. Por eso entendió el término
hipóstasis/sustancia
no en sentido objetivo (de realidad presente
en nosotros), sino en el sentido subjetivo,
como expresión de una actitud interior y,
por consiguiente, tuvo que comprender
naturalmente también el término
argumentum como
una disposición del sujeto. Esta
interpretación se ha difundido también en la
exégesis católica en el siglo XX –al menos
en Alemania– de tal manera que la traducción
ecuménica del Nuevo Testamento en alemán,
aprobada por los Obispos, dice: «
Glaube aber ist:
Feststehen in dem, was man erhofft,
Überzeugtsein von dem, was man nicht sieht
» (fe es: estar firmes en lo que se espera,
estar convencidos de lo que no se ve). En sí
mismo, esto no es erróneo, pero no es el
sentido del texto, porque el término griego
usado (elenchos)
no tiene el valor subjetivo de « convicción
», sino el significado objetivo de « prueba
». Por eso, la exegesis protestante reciente
ha llegado con razón a un convencimiento
diferente: « Ahora ya no se puede poner en
duda que esta interpretación protestante,
que se ha hecho clásica, es insostenible »[5].
La fe no es solamente un tender de la
persona hacia lo que ha de venir, y que está
todavía totalmente ausente; la fe nos da
algo. Nos da ya ahora algo de la realidad
esperada, y esta realidad presente
constituye para nosotros una « prueba » de
lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro
dentro del presente, de modo que el futuro
ya no es el puro « todavía-no ». El hecho de
que este futuro exista cambia el presente;
el presente está marcado por la realidad
futura, y así las realidades futuras
repercuten en las presentes y las presentes
en las futuras.
8. Esta
explicación cobra mayor fuerza aún, y se
conecta con la vida concreta, si
consideramos el versículo 34 del capítulo 10
de la Carta a
los Hebreos que,
desde el punto de vista lingüístico y de
contenido, está relacionado con esta
definición de una fe impregnada de esperanza
y que al mismo tiempo la prepara. Aquí, el
autor habla a los creyentes que han padecido
la experiencia de la persecución y les dice:
« Compartisteis el sufrimiento de los
encarcelados, aceptasteis con alegría que os
confiscaran los bienes (hyparchonton
– Vg:
bonorum),
sabiendo que teníais bienes mejores y
permanentes (hyparxin
– Vg:
substantiam) ».
Hyparchonta son
las propiedades, lo que en la vida terrenal
constituye el sustento, la base, la «
sustancia » con la que se cuenta para la
vida. Esta « sustancia », la seguridad
normal para la vida, se la han quitado a los
cristianos durante la persecución. Lo han
soportado porque después de todo
consideraban irrelevante esta sustancia
material. Podían dejarla porque habían
encontrado una « base » mejor para su
existencia, una base que perdura y que nadie
puede quitar. No se puede dejar de ver la
relación que hay entre estas dos especies de
« sustancia », entre sustento o base
material y la afirmación de la fe como «
base », como « sustancia » que perdura. La
fe otorga a la vida una base nueva, un nuevo
fundamento sobre el que el hombre puede
apoyarse, de tal manera que precisamente el
fundamento habitual, la confianza en la
renta material, queda relativizado. Se crea
una nueva libertad ante este fundamento de
la vida que sólo aparentemente es capaz de
sustentarla, aunque con ello no se niega
ciertamente su sentido normal. Esta nueva
libertad, la conciencia de la nueva «
sustancia » que se nos ha dado, se ha puesto
de manifiesto no sólo en el martirio, en el
cual las personas se han opuesto a la
prepotencia de la ideología y de sus órganos
políticos, renovando el mundo con su muerte.
También se ha manifestado sobre todo en las
grandes renuncias, desde los monjes de la
antigüedad hasta Francisco de Asís, y a las
personas de nuestro tiempo que, en los
Institutos y Movimientos religiosos
modernos, han dejado todo por amor de Cristo
para llevar a los hombres la fe y el amor de
Cristo, para ayudar a las personas que
sufren en el cuerpo y en el alma. En estos
casos se ha comprobado que la nueva «
sustancia » es realmente « sustancia »; de
la esperanza de estas personas tocadas por
Cristo ha brotado esperanza para otros que
vivían en la oscuridad y sin esperanza. En
ellos se ha demostrado que esta nueva vida
posee realmente « sustancia » y es una «
sustancia » que suscita vida para los demás.
Para nosotros, que contemplamos estas
figuras, su vida y su comportamiento son de
hecho una « prueba » de que las realidades
futuras, la promesa de Cristo, no es
solamente una realidad esperada sino una
verdadera presencia: Él es realmente el «
filósofo » y el « pastor » que nos indica
qué es y dónde está la vida.
9. Para
comprender más profundamente esta reflexión
sobre las dos especies de sustancias
hypostasis e
hyparchonta
y sobre los dos modos de vida expresados con
ellas, tenemos todavía que reflexionar
brevemente sobre dos palabras relativas a
este argumento, que se encuentran en el
capítulo 10 de la
Carta a los Hebreos.
Se trata de las palabras
hypomone (10,36)
e hypostole
(10,39).
Hypomone se
traduce normalmente por « paciencia »,
perseverancia, constancia.
El creyente necesita saber esperar
soportando pacientemente las pruebas para
poder « alcanzar la promesa » (cf. 10,36).
En la religiosidad del antiguo judaísmo,
esta palabra se usó expresamente para
designar la espera de Dios característica de
Israel: su perseverar en la fidelidad a Dios
basándose en la certeza de la Alianza, en
medio de un mundo que contradice a Dios.
Así, la palabra indica una esperanza vivida,
una existencia basada en la certeza de la
esperanza. En el Nuevo Testamento, esta
espera de Dios, este estar de parte de Dios,
asume un nuevo significado: Dios se ha
manifestado en Cristo. Nos ha comunicado ya
la « sustancia » de las realidades futuras
y, de este modo, la espera de Dios adquiere
una nueva certeza. Se esperan las realidades
futuras a partir de un presente ya
entregado. Es la espera, ante la presencia
de Cristo, con Cristo presente, de que su
Cuerpo se complete, con vistas a su llegada
definitiva. En cambio, con
hypostole se
expresa el retraerse de quien no se arriesga
a decir abiertamente y con franqueza la
verdad quizás peligrosa. Este esconderse
ante los hombres por espíritu de temor ante
ellos lleva a la « perdición » (Hb
10,39). Por el contrario, la
Segunda Carta a Timoteo
caracteriza la actitud de fondo del
cristiano con una bella expresión: « Dios no
nos ha dado un espíritu cobarde, sino un
espíritu de energía, amor y buen juicio »
(1,7).
La vida
eterna – ¿qué es?
10.
Hasta ahora hemos hablado de la fe y de la
esperanza en el Nuevo Testamento y en los
comienzos del cristianismo; pero siempre se
ha tenido también claro que no sólo hablamos
del pasado; toda la reflexión concierne a la
vida y a la muerte en general y, por tanto,
también tiene que ver con nosotros aquí y
ahora. No obstante, es el momento de
preguntarnos ahora de manera explícita: la
fe cristiana ¿es también para nosotros ahora
una esperanza que transforma y sostiene
nuestra vida? ¿Es para nosotros «
performativa », un mensaje que plasma de
modo nuevo la vida misma, o es ya sólo «
información » que, mientras tanto, hemos
dejado arrinconada y nos parece superada por
informaciones más recientes? En la búsqueda
de una respuesta quisiera partir de la forma
clásica del diálogo con el cual el rito del
Bautismo expresaba la acogida del recién
nacido en la comunidad de los creyentes y su
renacimiento en Cristo. El sacerdote
preguntaba ante todo a los padres qué nombre
habían elegido para el niño, y continuaba
después con la pregunta: « ¿Qué pedís a la
Iglesia? ». Se respondía: « La fe ». Y «
¿Qué te da la fe? ». « La vida eterna ».
Según este diálogo, los padres buscaban para
el niño la entrada en la fe, la comunión con
los creyentes, porque veían en la fe la
llave para « la vida eterna ». En efecto,
ayer como hoy, en el Bautismo, cuando uno se
convierte en cristiano, se trata de esto: no
es sólo un acto de socialización dentro de
la comunidad ni solamente de acogida en la
Iglesia. Los padres esperan algo más para el
bautizando: esperan que la fe, de la cual
forma parte el cuerpo de la Iglesia y sus
sacramentos, le dé la vida, la vida eterna.
La fe es la sustancia de la esperanza. Pero
entonces surge la cuestión: ¿De verdad
queremos esto: vivir eternamente? Tal vez
muchas personas rechazan hoy la fe
simplemente porque la vida eterna no les
parece algo deseable. En modo alguno quieren
la vida eterna, sino la presente y, para
esto, la fe en la vida eterna les parece más
bien un obstáculo. Seguir viviendo para
siempre –sin fin– parece más una condena que
un don. Ciertamente, se querría aplazar la
muerte lo más posible. Pero vivir siempre,
sin un término, sólo sería a fin de cuentas
aburrido y al final insoportable. Esto es lo
que dice precisamente, por ejemplo, el Padre
de la Iglesia Ambrosio en el sermón fúnebre
por su hermano difunto Sátiro: « Es verdad
que la muerte no formaba parte de nuestra
naturaleza, sino que se introdujo en ella;
Dios no instituyó la muerte desde el
principio, sino que nos la dio como un
remedio [...]. En efecto, la vida del
hombre, condenada por culpa del pecado a un
duro trabajo y a un sufrimiento intolerable,
comenzó a ser digna de lástima: era
necesario dar un fin a estos males, de modo
que la muerte restituyera lo que la vida
había perdido. La inmortalidad, en efecto,
es más una carga que un bien, si no entra en
juego la gracia »[6].
Y Ambrosio ya había dicho poco antes: « No
debemos deplorar la muerte, ya que es causa
de salvación »[7].
11. Sea
lo que fuere lo que san Ambrosio quiso decir
exactamente con estas palabras, es cierto
que la eliminación de la muerte, como
también su aplazamiento casi ilimitado,
pondría a la tierra y a la humanidad en una
condición imposible y no comportaría
beneficio alguno para el individuo mismo.
Obviamente, hay una contradicción en nuestra
actitud, que hace referencia a un contraste
interior de nuestra propia existencia. Por
un lado, no queremos morir; los que nos
aman, sobre todo, no quieren que muramos.
Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos
seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco
la tierra ha sido creada con esta
perspectiva. Entonces, ¿qué es realmente lo
que queremos? Esta paradoja de nuestra
propia actitud suscita una pregunta más
profunda: ¿qué es realmente la « vida »? Y
¿qué significa verdaderamente « eternidad »?
Hay momentos en que de repente percibimos
algo: sí, esto sería precisamente la
verdadera « vida », así debería ser. En
contraste con ello, lo que cotidianamente
llamamos « vida », en verdad no lo es.
Agustín, en su extensa carta sobre la
oración dirigida a Proba, una viuda romana
acomodada y madre de tres cónsules, escribió
una vez: En el fondo queremos sólo una cosa,
la « vida bienaventurada », la vida que
simplemente es vida, simplemente « felicidad
». A fin de cuentas, en la oración no
pedimos otra cosa. No nos encaminamos hacia
nada más, se trata sólo de esto. Pero
después Agustín dice también: pensándolo
bien, no sabemos en absoluto lo que
deseamos, lo que quisiéramos concretamente.
Desconocemos del todo esta realidad; incluso
en aquellos momentos en que nos parece
tocarla con la mano no la alcanzamos
realmente. « No sabemos pedir lo que nos
conviene », reconoce con una expresión de
san Pablo (Rm
8,26). Lo único que sabemos es que no es
esto. Sin embargo, en este no-saber sabemos
que esta realidad tiene que existir. « Así,
pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna
manera, una sabia ignorancia (docta
ignorantia) »,
escribe. No sabemos lo que queremos
realmente; no conocemos esta « verdadera
vida » y, sin embargo, sabemos que debe
existir un algo que no conocemos y hacia el
cual nos sentimos impulsados[8].
12.
Pienso que Agustín describe en este pasaje,
de modo muy preciso y siempre válido, la
situación esencial del hombre, la situación
de la que provienen todas sus
contradicciones y sus esperanzas. De algún
modo deseamos la vida misma, la verdadera,
la que no se vea afectada ni siquiera por la
muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos
eso hacia lo que nos sentimos impulsados. No
podemos dejar de tender a ello y, sin
embargo, sabemos que todo lo que podemos
experimentar o realizar no es lo que
deseamos. Esta « realidad » desconocida es
la verdadera « esperanza » que nos empuja y,
al mismo tiempo, su desconocimiento es la
causa de todas las desesperaciones, así como
también de todos los impulsos positivos o
destructivos hacia el mundo auténtico y el
auténtico hombre. La expresión « vida eterna
» trata de dar un nombre a esta desconocida
realidad conocida. Es por necesidad una
expresión insuficiente que crea confusión.
En efecto, « eterno » suscita en nosotros la
idea de lo interminable, y eso nos da miedo;
« vida » nos hace pensar en la vida que
conocemos, que amamos y que no queremos
perder, pero que a la vez es con frecuencia
más fatiga que satisfacción, de modo que,
mientras por un lado la deseamos, por otro
no la queremos. Podemos solamente tratar de
salir con nuestro pensamiento de la
temporalidad a la que estamos sujetos y
augurar de algún modo que la eternidad no
sea un continuo sucederse de días del
calendario, sino como el momento pleno de
satisfacción, en el cual la totalidad nos
abraza y nosotros abrazamos la totalidad.
Sería el momento del sumergirse en el océano
del amor infinito, en el cual el tempo –el
antes y el después– ya no existe. Podemos
únicamente tratar de pensar que este momento
es la vida en sentido pleno, sumergirse
siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a
la vez que estamos desbordados simplemente
por la alegría. En el Evangelio de Juan,
Jesús lo expresa así: « Volveré a veros y se
alegrará vuestro corazón y nadie os quitará
vuestra alegría » (16,22). Tenemos que
pensar en esta línea si queremos entender el
objetivo de la esperanza cristiana, qué es
lo que esperamos de la fe, de nuestro ser
con Cristo[9].
¿Es
individualista la esperanza cristiana?
13. A
lo largo de su historia, los cristianos han
tratado de traducir en figuras
representables este saber que no sabe,
recurriendo a imágenes del « cielo » que
siempre resultan lejanas de lo que,
precisamente por eso, sólo conocemos
negativamente, a través de un
no-conocimiento. En el curso de los siglos,
todos estos intentos de representación de la
esperanza han impulsado a muchos a vivir
basándose en la fe y, como consecuencia, a
abandonar sus «
hyparchonta »,
las sustancias materiales para su
existencia. El autor de la
Carta a los Hebreos,
en el capítulo 11, ha trazado una especie de
historia de los que viven en la esperanza y
de su estar de camino, una historia que
desde Abel llega hasta la época del autor.
En los tiempos modernos se ha desencadenado
una crítica cada vez más dura contra este
tipo de esperanza: consistiría en puro
individualismo, que habría abandonado el
mundo a su miseria y se habría amparado en
una salvación eterna exclusivamente privada.
Henri de Lubac, en la introducción a su obra
fundamental
Catholicisme.
Aspects sociaux
du dogme, ha
recogido algunos testimonios característicos
de esta clase, uno de los cuales es digno de
mención: « ¿He encontrado la alegría? No...
He encontrado mi alegría. Y esto es algo
terriblemente diverso... La alegría de Jesús
puede ser personal. Puede pertenecer a una
sola persona, y ésta se salva. Está en
paz..., ahora y por siempre, pero ella sola.
Esta soledad de la alegría no la perturba.
Al contrario: ¡Ella es precisamente la
elegida! En su bienaventuranza atraviesa
felizmente las batallas con una rosa en la
mano »[10].
14. A
este respecto, de Lubac ha podido demostrar,
basándose en la teología de los Padres en
toda su amplitud, que la salvación ha sido
considerada siempre como una realidad
comunitaria. La misma
Carta a los Hebreos
habla de una « ciudad » (cf. 11,10.16;
12,22; 13,14) y, por tanto, de una salvación
comunitaria. Los Padres, coherentemente,
entienden el pecado como la destrucción de
la unidad del género humano, como ruptura y
división. Babel, el lugar de la confusión de
las lenguas y de la separación, se muestra
como expresión de lo que es el pecado en su
raíz. Por eso, la « redención » se presenta
precisamente como el restablecimiento de la
unidad en la que nos encontramos de nuevo
juntos en una unión que se refleja en la
comunidad mundial de los creyentes. No hace
falta que nos ocupemos aquí de todos los
textos en los que aparece el aspecto
comunitario de la esperanza. Sigamos con la
Carta a Proba,
en la cual Agustín intenta explicar un poco
esta desconocida realidad conocida que vamos
buscando. El punto de partida es simplemente
la expresión « vida bienaventurada [feliz]
». Después cita el Salmo 144 [143],15: «
Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor ». Y
continúa: « Para que podamos formar parte de
este pueblo y llegar [...] a vivir con Dios
eternamente, ‘‘el precepto tiene por objeto
el amor, que brota de un corazón limpio, de
una buena conciencia y de una fe sincera'' (1
Tm 1,5) »[11].
Esta vida verdadera, hacia la cual tratamos
de dirigirnos siempre de nuevo, comporta
estar unidos existencialmente en un « pueblo
» y sólo puede realizarse para cada persona
dentro de este « nosotros ». Precisamente
por eso presupone dejar de estar encerrados
en el propio « yo », porque sólo la apertura
a este sujeto universal abre también la
mirada hacia la fuente de la alegría, hacia
el amor mismo, hacia Dios.
15.
Esta concepción de la « vida bienaventurada
» orientada hacia la comunidad se refiere a
algo que está ciertamente más allá del mundo
presente, pero precisamente por eso tiene
que ver también con la edificación del
mundo, de maneras muy diferentes según el
contexto histórico y las posibilidades que
éste ofrece o excluye. En el tiempo de
Agustín, cuando la irrupción de nuevos
pueblos amenazaba la cohesión del mundo, en
la cual había una cierta garantía de derecho
y de vida en una comunidad jurídica, se
trataba de fortalecer los fundamentos
verdaderamente básicos de esta comunidad de
vida y de paz para poder sobrevivir en aquel
mundo cambiante. Pero intentemos fijarnos,
por poner un caso, en un momento de la Edad
Media, bajo ciertos aspectos emblemático. En
la conciencia común, los monasterios
aparecían como lugares para huir del mundo
(« contemptus
mundi ») y
eludir así la responsabilidad con respecto
al mundo buscando la salvación privada.
Bernardo de Claraval, que con su Orden
reformada llevó una multitud de jóvenes a
los monasterios, tenía una visión muy
diferente sobre esto. Para él, los monjes
tienen una tarea con respecto a toda la
Iglesia y, por consiguiente, también
respecto al mundo. Y, con muchas imágenes,
ilustra la responsabilidad de los monjes
para con todo el organismo de la Iglesia,
más aún, para con la humanidad; les aplica
las palabras del Pseudo-Rufino: « El género
humano subsiste gracias a unos pocos; si
ellos desaparecieran, el mundo perecería »[12].
Los contemplativos –contemplantes–
han de convertirse en
trabajadores agrícolas –laborantes–,
nos dice. La nobleza del trabajo, que el
cristianismo ha heredado del judaísmo, había
aparecido ya en las reglas monásticas de
Agustín y Benito. Bernardo presenta de nuevo
este concepto. Los jóvenes aristócratas que
acudían a sus monasterios debían someterse
al trabajo manual. A decir verdad, Bernardo
dice explícitamente que tampoco el
monasterio puede restablecer el Paraíso,
pero sostiene que, como lugar de labranza
práctica y espiritual, debe preparar el
nuevo Paraíso. Una parcela de bosque
silvestre se hace fértil precisamente cuando
se talan los árboles de la soberbia, se
extirpa lo que crece en el alma de modo
silvestre y así se prepara el terreno en el
que puede crecer pan para el cuerpo y para
el alma[13].
¿Acaso no hemos tenido la oportunidad de
comprobar de nuevo, precisamente en el
momento de la historia actual, que allí
donde las almas se hacen salvajes no se
puede lograr ninguna estructuración positiva
del mundo?
La
transformación de la fe-esperanza cristiana
en el tiempo moderno
16.
¿Cómo ha podido desarrollarse la idea de que
el mensaje de Jesús es estrictamente
individualista y dirigido sólo al individuo?
¿Cómo se ha llegado a interpretar la «
salvación del alma » como huida de la
responsabilidad respecto a las cosas en su
conjunto y, por consiguiente, a considerar
el programa del cristianismo como búsqueda
egoísta de la salvación que se niega a
servir a los demás? Para encontrar una
respuesta a esta cuestión hemos de fijarnos
en los elementos fundamentales de la época
moderna. Estos se ven con particular
claridad en Francis Bacon. Es indiscutible
que –gracias al descubrimiento de América y
a las nuevas conquistas de la técnica que
han permitido este desarrollo– ha surgido
una nueva época. Pero, ¿sobre qué se basa
este cambio epocal? Se basa en la nueva
correlación entre experimento y método, que
hace al hombre capaz de lograr una
interpretación de la naturaleza conforme a
sus leyes y conseguir así, finalmente, « la
victoria del arte sobre la naturaleza » (victoria
cursus artis super naturam)[14].
La novedad – según la visión de Bacon–
consiste en una nueva correlación entre
ciencia y praxis. De esto se hace después
una aplicación en clave teológica: esta
nueva correlación entre ciencia y praxis
significaría que se restablecería el dominio
sobre la creación, que Dios había dado al
hombre y que se perdió por el pecado
original[15].
17.
Quien lee estas afirmaciones, y reflexiona
con atención, reconoce en ellas un paso
desconcertante: hasta aquel momento la
recuperación de lo que el hombre había
perdido al ser expulsado del paraíso
terrenal se esperaba de la fe en Jesucristo,
y en esto se veía la « redención ». Ahora,
esta « redención », el restablecimiento del
« paraíso » perdido, ya no se espera de la
fe, sino de la correlación apenas
descubierta entre ciencia y praxis. Con esto
no es que se niegue la fe; pero queda
desplazada a otro nivel –el de las
realidades exclusivamente privadas y
ultramundanas– al mismo tiempo que resulta
en cierto modo irrelevante para el mundo.
Esta visión programática ha determinado el
proceso de los tiempos modernos e influye
también en la crisis actual de la fe que, en
sus aspectos concretos, es sobre todo una
crisis de la esperanza cristiana. Por eso,
en Bacon la esperanza recibe también una
nueva forma. Ahora se llama: fe en el
progreso. En efecto, para Bacon está claro
que los descubrimientos y las invenciones
apenas iniciadas son sólo un comienzo; que
gracias a la sinergia entre ciencia y praxis
se seguirán descubrimientos totalmente
nuevos, surgirá un mundo totalmente nuevo,
el reino del hombre[16].
Según esto, él mismo trazó un esbozo de las
invenciones previsibles, incluyendo el
aeroplano y el submarino. Durante el
desarrollo ulterior de la ideología del
progreso, la alegría por los visibles
adelantos de las potencialidades humanas es
una confirmación constante de la fe en el
progreso como tal.
18. Al mismo
tiempo, hay dos categorías que ocupan cada
vez más el centro de la idea de progreso:
razón y libertad. El progreso es sobre todo
un progreso del dominio creciente de la
razón, y esta razón es considerada
obviamente un poder del bien y para el bien.
El progreso es la superación de todas las
dependencias, es progreso hacia la libertad
perfecta. También la libertad es considerada
sólo como promesa, en la cual el hombre
llega a su plenitud. En ambos conceptos
–libertad y razón– hay un aspecto político.
En efecto, se espera el reino de la razón
como la nueva condición de la humanidad que
llega a ser totalmente libre. Sin embargo,
las condiciones políticas de este reino de
la razón y de la libertad, en un primer
momento, aparecen poco definidas. La razón y
la libertad parecen garantizar de por sí, en
virtud de su bondad intrínseca, una nueva
comunidad humana perfecta. Pero en ambos
conceptos clave, « razón » y « libertad »,
el pensamiento está siempre, tácitamente, en
contraste también con los vínculos de la fe
y de la Iglesia, así como con los vínculos
de los ordenamientos estatales de entonces.
Ambos conceptos llevan en sí mismos, pues,
un potencial revolucionario de enorme fuerza
explosiva.
19.
Hemos de fijarnos brevemente en las dos
etapas esenciales de la concreción política
de esta esperanza, porque son de gran
importancia para el camino de la esperanza
cristiana, para su comprensión y su
persistencia. Está, en primer lugar, la
Revolución francesa como el intento de
instaurar el dominio de la razón y de la
libertad, ahora también de manera
políticamente real. La Europa de la
Ilustración, en un primer momento, ha
contemplado fascinada estos acontecimientos,
pero ante su evolución ha tenido que
reflexionar después de manera nueva sobre la
razón y la libertad. Para las dos fases de
la recepción de lo que ocurrió en Francia,
son significativos dos escritos de Immanuel
Kant, en los que reflexiona sobre estos
acontecimientos. En 1792 escribe la obra: «
Der Sieg des
guten Prinzips über das böse und die
Gründung eines Reichs Gottes auf Erden
» (La victoria del principio bueno sobre el
malo y la constitución de un reino de Dios
sobre la tierra). En ella dice: « El paso
gradual de la fe eclesiástica al dominio
exclusivo de la pura fe religiosa constituye
el acercamiento del reino de Dios »[17].
Nos dice también que las revoluciones pueden
acelerar los tiempos de este paso de la fe
eclesiástica a la fe racional. El « reino de
Dios », del que había hablado Jesús, recibe
aquí una nueva definición y asume también
una nueva presencia; existe, por así
decirlo, una nueva « espera inmediata »: el
« reino de Dios » llega allí donde la « fe
eclesiástica » es superada y reemplazada por
la « fe religiosa », es decir por la simple
fe racional. En 1794, en su obra
« Das Ende aller Dinge
» (El final de
todas las cosas), aparece una imagen
diferente. Ahora Kant toma en consideración
la posibilidad de que, junto al final
natural de todas las cosas, se produzca
también uno contrario a la naturaleza,
perverso. A este respecto, escribe: « Si
llegara un día en el que el cristianismo no
fuera ya digno de amor, el pensamiento
dominante de los hombres debería convertirse
en el de un rechazo y una oposición contra
él; y el anticristo [...] inauguraría su
régimen, aunque breve (fundado
presumiblemente en el miedo y el egoísmo). A
continuación, no obstante, puesto que el
cristianismo, aun habiendo sido destinado a
ser la religión universal, no habría sido
ayudado de hecho por el destino a serlo,
podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el
final (perverso) de todas las cosas »[18].
20. En el s.
XVIII no faltó la fe en el progreso como
nueva forma de la esperanza humana y siguió
considerando la razón y la libertad como la
estrella-guía que se debía seguir en el
camino de la esperanza. Sin embargo, el
avance cada vez más rápido del desarrollo
técnico y la industrialización que
comportaba crearon muy pronto una situación
social completamente nueva: se formó la
clase de los trabajadores de la industria y
el así llamado « proletariado industrial »,
cuyas terribles condiciones de vida ilustró
de manera sobrecogedora Friedrich Engels en
1845. Para el lector debía estar claro: esto
no puede continuar, es necesario un cambio.
Pero el cambio supondría la convulsión y el
abatimiento de toda la estructura de la
sociedad burguesa. Después de la revolución
burguesa de 1789 había llegado la hora de
una nueva revolución, la proletaria: el
progreso no podía avanzar simplemente de
modo lineal a pequeños pasos. Hacía falta el
salto revolucionario. Karl Marx recogió esta
llamada del momento y, con vigor de lenguaje
y pensamiento, trató de encauzar este nuevo
y, como él pensaba, definitivo gran paso de
la historia hacia la salvación, hacia lo que
Kant había calificado como el « reino de
Dios ». Al haber desaparecido la verdad del
más allá, se trataría ahora de establecer la
verdad del más acá. La crítica del cielo se
transforma en la crítica de la tierra, la
crítica de la teología en la crítica de la
política. El progreso hacia lo mejor, hacia
el mundo definitivamente bueno, ya no viene
simplemente de la ciencia, sino de la
política; de una política pensada
científicamente, que sabe reconocer la
estructura de la historia y de la sociedad,
y así indica el camino hacia la revolución,
hacia el cambio de todas las cosas. Con
precisión puntual, aunque de modo unilateral
y parcial, Marx ha descrito la situación de
su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad
analítica los caminos hacia la revolución, y
no sólo teóricamente: con el partido
comunista, nacido del manifiesto de 1848,
dio inicio también concretamente a la
revolución. Su promesa, gracias a la agudeza
de sus análisis y a la clara indicación de
los instrumentos para el cambio radical,
fascinó y fascina todavía hoy de nuevo.
Después, la revolución se implantó también,
de manera más radical en Rusia.
21. Pero con
su victoria se puso de manifiesto también el
error fundamental de Marx. Él indicó con
exactitud cómo lograr el cambio total de la
situación. Pero no nos dijo cómo se debería
proceder después. Suponía simplemente que,
con la expropiación de la clase dominante,
con la caída del poder político y con la
socialización de los medios de producción,
se establecería la Nueva Jerusalén. En
efecto, entonces se anularían todas las
contradicciones, por fin el hombre y el
mundo habrían visto claramente en sí mismos.
Entonces todo podría proceder por sí mismo
por el recto camino, porque todo
pertenecería a todos y todos querrían lo
mejor unos para otros. Así, tras el éxito de
la revolución, Lenin pudo percatarse de que
en los escritos del maestro no había ninguna
indicación sobre cómo proceder. Había
hablado ciertamente de la fase intermedia de
la dictadura del proletariado como de una
necesidad que, sin embargo, en un segundo
momento se habría demostrado caduca por sí
misma. Esta « fase intermedia » la conocemos
muy bien y también sabemos cuál ha sido su
desarrollo posterior: en lugar de alumbrar
un mundo sano, ha dejado tras de sí una
destrucción desoladora. El error de Marx no
consiste sólo en no haber ideado los
ordenamientos necesarios para el nuevo
mundo; en éste, en efecto, ya no habría
necesidad de ellos. Que no diga nada de eso
es una consecuencia lógica de su
planteamiento. Su error está más al fondo.
Ha olvidado que el hombre es siempre hombre.
Ha olvidado al hombre y ha olvidado su
libertad. Ha olvidado que la libertad es
siempre libertad, incluso para el mal. Creyó
que, una vez solucionada la economía, todo
quedaría solucionado. Su verdadero error es
el materialismo: en efecto, el hombre no es
sólo el producto de condiciones económicas y
no es posible curarlo sólo desde fuera,
creando condiciones económicas favorables.
22.
Así, pues, nos encontramos de nuevo ante la
pregunta: ¿Qué podemos esperar? Es necesaria
una autocrítica de la edad moderna en
diálogo con el cristianismo y con su
concepción de la esperanza. En este diálogo,
los cristianos, en el contexto de sus
conocimientos y experiencias, tienen también
que aprender de nuevo en qué consiste
realmente su esperanza, qué tienen que
ofrecer al mundo y qué es, por el contrario,
lo que no pueden ofrecerle. Es necesario que
en la autocrítica de la edad moderna
confluya también una autocrítica del
cristianismo moderno, que debe aprender
siempre a comprenderse a sí mismo a partir
de sus propias raíces. Sobre esto sólo se
puede intentar hacer aquí alguna
observación. Ante todo hay que preguntarse:
¿Qué significa realmente « progreso »; qué
es lo que promete y qué es lo que no
promete? Ya en el siglo XIX había una
crítica a la fe en el progreso. En el siglo
XX, Theodor W. Adorno expresó de manera
drástica la incertidumbre de la fe en el
progreso: el progreso, visto de cerca, sería
el progreso que va de la honda a la
superbomba. Ahora bien, éste es de hecho un
aspecto del progreso que no se debe
disimular. Dicho de otro modo: la ambigüedad
del progreso resulta evidente.
Indudablemente, ofrece nuevas posibilidades
para el bien, pero también abre
posibilidades abismales para el mal,
posibilidades que antes no existían. Todos
nosotros hemos sido testigos de cómo el
progreso, en manos equivocadas, puede
convertirse, y se ha convertido de hecho, en
un progreso terrible en el mal. Si el
progreso técnico no se corresponde con un
progreso en la formación ética del hombre,
con el crecimiento del hombre interior (cf.
Ef 3,16;
2 Co 4,16), no
es un progreso sino una amenaza para el
hombre y para el mundo.
23. Por
lo que se refiere a los dos grandes temas «
razón » y « libertad », aquí sólo se pueden
señalar las cuestiones relacionadas con
ellos. Ciertamente, la razón es el gran don
de Dios al hombre, y la victoria de la razón
sobre la irracionalidad es también un
objetivo de la fe cristiana. Pero ¿cuándo
domina realmente la razón? ¿Acaso cuando se
ha apartado de Dios? ¿Cuando se ha hecho
ciega para Dios? La razón del poder y del
hacer ¿es ya toda la razón? Si el progreso,
para ser progreso, necesita el crecimiento
moral de la humanidad, entonces la razón del
poder y del hacer debe ser integrada con la
misma urgencia mediante la apertura de la
razón a las fuerzas salvadoras de la fe, al
discernimiento entre el bien y el mal. Sólo
de este modo se convierte en una razón
realmente humana. Sólo se vuelve humana si
es capaz de indicar el camino a la voluntad,
y esto sólo lo puede hacer si mira más allá
de sí misma. En caso contrario, la situación
del hombre, en el desequilibrio entre la
capacidad material, por un lado, y la falta
de juicio del corazón, por otro, se
convierte en una amenaza para sí mismo y
para la creación. Por eso, hablando de
libertad, se ha de recordar que la libertad
humana requiere que concurran varias
libertades. Sin embargo, esto no se puede
lograr si no está determinado por un común e
intrínseco criterio de medida, que es
fundamento y meta de nuestra libertad.
Digámoslo ahora de manera muy sencilla: el
hombre necesita a Dios, de lo contrario
queda sin esperanza. Visto el desarrollo de
la edad moderna, la afirmación de san Pablo
citada al principio (Ef
2,12) se demuestra muy realista y
simplemente verdadera. Por tanto, no cabe
duda de que un « reino de Dios » instaurado
sin Dios –un reino, pues, sólo del hombre–
desemboca inevitablemente en « el final
perverso » de todas las cosas descrito por
Kant: lo hemos visto y lo seguimos viendo
siempre una y otra vez. Pero tampoco cabe
duda de que Dios entra realmente en las
cosas humanas a condición de que no sólo lo
pensemos nosotros, sino que Él mismo salga a
nuestro encuentro y nos hable. Por eso la
razón necesita de la fe para llegar a ser
totalmente ella misma: razón y fe se
necesitan mutuamente para realizar su
verdadera naturaleza y su misión.
La verdadera
fisonomía de la esperanza cristiana
24.
Preguntémonos ahora de nuevo: ¿qué podemos
esperar? Y ¿qué es lo que no podemos
esperar? Ante todo hemos de constatar que un
progreso acumulativo sólo es posible en lo
material. Aquí, en el conocimiento
progresivo de las estructuras de la materia,
y en relación con los inventos cada día más
avanzados, hay claramente una continuidad
del progreso hacia un dominio cada vez mayor
de la naturaleza. En cambio, en el ámbito de
la conciencia ética y de la decisión moral,
no existe una posibilidad similar de
incremento, por el simple hecho de que la
libertad del ser humano es siempre nueva y
tiene que tomar siempre de nuevo sus
decisiones. No están nunca ya tomadas para
nosotros por otros; en este caso, en efecto,
ya no seríamos libres. La libertad presupone
que en las decisiones fundamentales cada
hombre, cada generación, tenga un nuevo
inicio. Es verdad que las nuevas
generaciones pueden construir a partir de
los conocimientos y experiencias de quienes
les han precedido, así como aprovecharse del
tesoro moral de toda la humanidad. Pero
también pueden rechazarlo, ya que éste no
puede tener la misma evidencia que los
inventos materiales. El tesoro moral de la
humanidad no está disponible como lo están
en cambio los instrumentos que se usan;
existe como invitación a la libertad y como
posibilidad para ella. Pero esto significa
que:
a)
El recto estado de las cosas humanas, el
bienestar moral del mundo, nunca puede
garantizarse solamente a través de
estructuras, por muy válidas que éstas sean.
Dichas estructuras no sólo son importantes,
sino necesarias; sin embargo, no pueden ni
deben dejar al margen la libertad del
hombre. Incluso las mejores estructuras
funcionan únicamente cuando en una comunidad
existen unas convicciones vivas capaces de
motivar a los hombres para una adhesión
libre al ordenamiento comunitario. La
libertad necesita una convicción; una
convicción no existe por sí misma, sino que
ha de ser conquistada comunitariamente
siempre de nuevo.
b)
Puesto que el hombre sigue siendo siempre
libre y su libertad es también siempre
frágil, nunca existirá en este mundo el
reino del bien definitivamente consolidado.
Quien promete el mundo mejor que duraría
irrevocablemente para siempre, hace una
falsa promesa, pues ignora la libertad
humana. La libertad debe ser conquistada
para el bien una y otra vez. La libre
adhesión al bien nunca existe simplemente
por sí misma. Si hubiera estructuras que
establecieran de manera definitiva una
determinada –buena– condición del mundo, se
negaría la libertad del hombre, y por eso, a
fin de cuentas, en modo alguno serían
estructuras buenas.
25. Una
consecuencia de lo dicho es que la búsqueda,
siempre nueva y fatigosa, de rectos
ordenamientos para las realidades humanas es
una tarea de cada generación; nunca es una
tarea que se pueda dar simplemente por
concluida. No obstante, cada generación
tiene que ofrecer también su propia
aportación para establecer ordenamientos
convincentes de libertad y de bien, que
ayuden a la generación sucesiva, como
orientación al recto uso de la libertad
humana y den también así, siempre dentro de
los límites humanos, una cierta garantía
también para el futuro. Con otras palabras:
las buenas estructuras ayudan, pero por sí
solas no bastan. El hombre nunca puede ser
redimido solamente desde el exterior.
Francis Bacon y los seguidores de la
corriente de pensamiento de la edad moderna
inspirada en él, se equivocaban al
considerar que el hombre sería redimido por
medio de la ciencia. Con semejante
expectativa se pide demasiado a la ciencia;
esta especie de esperanza es falaz. La
ciencia puede contribuir mucho a la
humanización del mundo y de la humanidad.
Pero también puede destruir al hombre y al
mundo si no está orientada por fuerzas
externas a ella misma. Por otra parte,
debemos constatar también que el
cristianismo moderno, ante los éxitos de la
ciencia en la progresiva estructuración del
mundo, se ha concentrado en gran parte sólo
sobre el individuo y su salvación. Con esto
ha reducido el horizonte de su esperanza y
no ha reconocido tampoco suficientemente la
grandeza de su cometido, si bien es
importante lo que ha seguido haciendo para
la formación del hombre y la atención de los
débiles y de los que sufren.
26. No
es la ciencia la que redime al hombre. El
hombre es redimido por el amor. Eso es
válido incluso en el ámbito puramente
intramundano. Cuando uno experimenta un gran
amor en su vida, se trata de un momento de «
redención » que da un nuevo sentido a su
existencia. Pero muy pronto se da cuenta
también de que el amor que se le ha dado,
por sí solo, no soluciona el problema de su
vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido
por la muerte. El ser humano necesita un
amor incondicionado. Necesita esa certeza
que le hace decir: « Ni muerte, ni vida, ni
ángeles, ni principados, ni presente, ni
futuro, ni potencias, ni altura, ni
profundidad, ni criatura alguna podrá
apartarnos del amor de Dios, manifestado en
Cristo Jesús, Señor nuestro » (Rm
8,38-39). Si
existe este amor absoluto con su certeza
absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre
es « redimido », suceda lo que suceda en su
caso particular. Esto es lo que se ha de
entender cuando decimos que Jesucristo nos
ha « redimido ». Por medio de Él estamos
seguros de Dios, de un Dios que no es una
lejana « causa primera » del mundo, porque
su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada
uno puede decir de Él: « Vivo de la fe en el
Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse
por mí » (Ga
2,20).
27. En
este sentido, es verdad que quien no conoce
a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas,
en el fondo está sin esperanza, sin la gran
esperanza que sostiene toda la vida (cf.
Ef 2,12). La
verdadera, la gran esperanza del hombre que
resiste a pesar de todas las desilusiones,
sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha
amado y que nos sigue amando « hasta el
extremo », « hasta el total cumplimiento »
(cf. Jn
13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el
amor empieza a intuir lo que sería
propiamente « vida ». Empieza a intuir qué
quiere decir la palabra esperanza que hemos
encontrado en el rito del Bautismo: de la fe
se espera la « vida eterna », la vida
verdadera que, totalmente y sin amenazas, es
sencillamente vida en toda su plenitud.
Jesús que dijo de sí mismo que había venido
para que nosotros tengamos la vida y la
tengamos en plenitud, en abundancia (cf.
Jn
10,10), nos explicó también qué significa «
vida »: « Ésta es la vida eterna: que te
conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu
enviado, Jesucristo » (Jn
17,3). La vida en su verdadero sentido no la
tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo
por sí mismo: es una relación. Y la vida
entera es relación con quien es la fuente de
la vida. Si estamos en relación con Aquel
que no muere, que es la Vida misma y el Amor
mismo, entonces estamos en la vida. Entonces
« vivimos ».
28.
Pero ahora surge la pregunta: de este modo,
¿no hemos recaído quizás en el
individualismo de la salvación? ¿En la
esperanza sólo para mí que además,
precisamente por eso, no es una esperanza
verdadera porque olvida y descuida a los
demás? No. La relación con Dios se establece
a través de la comunión con Jesús, pues
solos y únicamente con nuestras fuerzas no
la podemos alcanzar. En cambio, la relación
con Jesús es una relación con Aquel que se
entregó a sí mismo en rescate por todos
nosotros (cf. 1
Tm 2,6). Estar
en comunión con Jesucristo nos hace
participar en su ser « para todos », hace
que éste sea nuestro modo de ser. Nos
compromete en favor de los demás, pero sólo
estando en comunión con Él podemos realmente
llegar a ser para los demás, para todos.
Quisiera citar en este contexto al gran
doctor griego de la Iglesia, san Máximo el
Confesor († 662), el cual exhorta primero a
no anteponer nada al conocimiento y al amor
de Dios, pero pasa enseguida a aplicaciones
muy prácticas: « Quien ama a Dios no puede
guardar para sí el dinero, sino que lo
reparte ‘‘según Dios'' [...], a imitación de
Dios, sin discriminación alguna »[19].
Del amor a Dios se deriva la participación
en la justicia y en la bondad de Dios hacia
los otros; amar a Dios requiere la libertad
interior respecto a todo lo que se posee y
todas las cosas materiales: el amor de Dios
se manifiesta en la responsabilidad por el
otro[20].
En la vida de san Agustín podemos observar
de modo conmovedor la misma relación entre
amor de Dios y responsabilidad para con los
hombres. Tras su conversión a la fe
cristiana quiso, junto con algunos amigos de
ideas afines, llevar una vida que estuviera
dedicada totalmente a la palabra de Dios y a
las cosas eternas. Quiso realizar con
valores cristianos el ideal de la vida
contemplativa descrito en la gran filosofía
griega, eligiendo de este modo « la mejor
parte » (Lc
10,42). Pero las cosas fueron de otra
manera. Mientras participaba en la Misa
dominical, en la ciudad portuaria de Hipona,
fue llamado aparte por el Obispo, fuera de
la muchedumbre, y obligado a dejarse ordenar
para ejercer el ministerio sacerdotal en
aquella ciudad. Fijándose retrospectivamente
en aquel momento, escribe en sus
Confesiones: «
Aterrado por mis pecados y por el peso
enorme de mis miserias, había meditado en mi
corazón y decidido huir a la soledad. Mas tú
me lo prohibiste y me tranquilizaste,
diciendo: "Cristo murió por todos, para que
los que viven ya no vivan para sí, sino para
él que murió por ellos" (cf.
2 Co
5,15) »[21].
Cristo murió por todos. Vivir para Él
significa dejarse moldear en su « ser-para
».
29.
Esto supuso para Agustín una vida totalmente
nueva. Así describió una vez su vida
cotidiana: « Corregir a los indisciplinados,
confortar a los pusilánimes, sostener a los
débiles, refutar a los adversarios,
guardarse de los insidiosos, instruir a los
ignorantes, estimular a los indolentes,
aplacar a los pendencieros, moderar a los
ambiciosos, animar a los desalentados,
apaciguar a los contendientes, ayudar a los
pobres, liberar a los oprimidos, mostrar
aprobación a los buenos, tolerar a los malos
y [¡pobre de mí!] amar a todos »[22].
« Es el Evangelio lo que me asusta »[23],
ese temor saludable que nos impide vivir
para nosotros mismos y que nos impulsa a
transmitir nuestra común esperanza. De
hecho, ésta era precisamente la intención de
Agustín: en la difícil situación del imperio
romano, que amenazaba también al África
romana y que, al final de la vida de
Agustín, llegó a destruirla, quiso
transmitir esperanza, la esperanza que le
venía de la fe y que, en total contraste con
su carácter introvertido, le hizo capaz de
participar decididamente y con todas sus
fuerzas en la edificación de la ciudad. En
el mismo capítulo de las
Confesiones, en
el cual acabamos de ver el motivo decisivo
de su compromiso « para todos », dice
también: Cristo « intercede por nosotros; de
otro modo desesperaría. Porque muchas y
grandes son mis dolencias; sí, son muchas y
grandes, aunque más grande es tu medicina.
De no haberse tu Verbo hecho carne y
habitado entre nosotros, hubiéramos podido
juzgarlo apartado de la naturaleza humana y
desesperar de nosotros »[24].
Gracias a su esperanza, Agustín se dedicó a
la gente sencilla y a su ciudad; renunció a
su nobleza espiritual y predicó y actuó de
manera sencilla para la gente sencilla.
30. Resumamos
lo que hasta ahora ha aflorado en el
desarrollo de nuestras reflexiones. A lo
largo de su existencia, el hombre tiene
muchas esperanzas, más grandes o más
pequeñas, diferentes según los períodos de
su vida. A veces puede parecer que una de
estas esperanzas lo llena totalmente y que
no necesita de ninguna otra. En la juventud
puede ser la esperanza del amor grande y
satisfactorio; la esperanza de cierta
posición en la profesión, de uno u otro
éxito determinante para el resto de su vida.
Sin embargo, cuando estas esperanzas se
cumplen, se ve claramente que esto, en
realidad, no lo era todo. Está claro que el
hombre necesita una esperanza que vaya más
allá. Es evidente que sólo puede contentarse
con algo infinito, algo que será siempre más
de lo que nunca podrá alcanzar. En este
sentido, la época moderna ha desarrollado la
esperanza de la instauración de un mundo
perfecto que parecía poder lograrse gracias
a los conocimientos de la ciencia y a una
política fundada científicamente. Así, la
esperanza bíblica del reino de Dios ha sido
reemplazada por la esperanza del reino del
hombre, por la esperanza de un mundo mejor
que sería el verdadero « reino de Dios ».
Esta esperanza parecía ser finalmente la
esperanza grande y realista, la que el
hombre necesita. Ésta sería capaz de
movilizar –por algún tiempo– todas las
energías del hombre; este gran objetivo
parecía merecer todo tipo de esfuerzos. Pero
a lo largo del tiempo se vio claramente que
esta esperanza se va alejando cada vez más.
Ante todo se tomó conciencia de que ésta era
quizás una esperanza para los hombres del
mañana, pero no una esperanza para mí. Y
aunque el « para todos » forme parte de la
gran esperanza –no puedo ciertamente llegar
a ser feliz contra o sin los otros–, es
verdad que una esperanza que no se refiera a
mí personalmente, ni siquiera es una
verdadera esperanza. También resultó
evidente que ésta era una esperanza contra
la libertad, porque la situación de las
realidades humanas depende en cada
generación de la libre decisión de los
hombres que pertenecen a ella. Si, debido a
las condiciones y a las estructuras, se les
privara de esta libertad, el mundo, a fin de
cuentas, no sería bueno, porque un mundo sin
libertad no sería en absoluto un mundo
bueno. Así, aunque sea necesario un empeño
constante para mejorar el mundo, el mundo
mejor del mañana no puede ser el contenido
propio y suficiente de nuestra esperanza. A
este propósito se plantea siempre la
pregunta: ¿Cuándo es « mejor » el mundo?
¿Qué es lo que lo hace bueno? ¿Según qué
criterio se puede valorar si es bueno? ¿Y
por qué vías se puede alcanzar esta « bondad
»?
31. Más aún:
nosotros necesitamos tener esperanzas –más
grandes o más pequeñas–, que día a día nos
mantengan en camino. Pero sin la gran
esperanza, que ha de superar todo lo demás,
aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo
puede ser Dios, que abraza el universo y que
nos puede proponer y dar lo que nosotros por
sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el
ser agraciado por un don forma parte de la
esperanza. Dios es el fundamento de la
esperanza; pero no cualquier dios, sino el
Dios que tiene un rostro humano y que nos ha
amado hasta el extremo, a cada uno en
particular y a la humanidad en su conjunto.
Su reino no es un más allá imaginario,
situado en un futuro que nunca llega; su
reino está presente allí donde Él es amado y
donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos
da la posibilidad de perseverar día a día
con toda sobriedad, sin perder el impulso de
la esperanza, en un mundo que por su
naturaleza es imperfecto. Y, al mismo
tiempo, su amor es para nosotros la garantía
de que existe aquello que sólo llegamos a
intuir vagamente y que, sin embargo,
esperamos en lo más íntimo de nuestro ser:
la vida que es « realmente » vida.
Trataremos de concretar más esta idea en la
última parte, fijando nuestra atención en
algunos « lugares » de aprendizaje y
ejercicio práctico de la esperanza.
« Lugares »
de aprendizaje y del ejercicio de la
esperanza
I. La
oración como escuela de la esperanza
32. Un
lugar primero y esencial de aprendizaje de
la esperanza es la oración. Cuando ya nadie
me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando
ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a
nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya
no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se
trata de una necesidad o de una expectativa
que supera la capacidad humana de esperar–,
Él puede ayudarme[25].
Si me veo relegado a la extrema soledad...;
el que reza nunca está totalmente solo. De
sus trece años de prisión, nueve de los
cuales en aislamiento, el inolvidable
Cardenal Nguyen Van Thuan nos ha dejado un
precioso opúsculo:
Oraciones de esperanza.
Durante trece años en la cárcel, en una
situación de desesperación aparentemente
total, la escucha de Dios, el poder
hablarle, fue para él una fuerza creciente
de esperanza, que después de su liberación
le permitió ser para los hombres de todo el
mundo un testigo de la esperanza, esa gran
esperanza que no se apaga ni siquiera en las
noches de la soledad.
33.
Agustín ilustró de forma muy bella la
relación íntima entre oración y esperanza en
una homilía sobre la
Primera Carta de San
Juan. Él define
la oración como un ejercicio del deseo. El
hombre ha sido creado para una gran
realidad, para Dios mismo, para ser colmado
por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño
para la gran realidad que se le entrega.
Tiene que ser ensanchado. « Dios, retardando
[su don], ensancha el deseo; con el deseo,
ensancha el alma y, ensanchándola, la hace
capaz [de su don] ». Agustín se refiere a
san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive
lanzado hacia lo que está por delante (cf.
Flp 3,13).
Después usa una imagen muy bella para
describir este proceso de ensanchamiento y
preparación del corazón humano. « Imagínate
que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de
la ternura y la bondad de Dios]; si estás
lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? »
El vaso, es decir el corazón, tiene que ser
antes ensanchado y luego purificado:
liberado del vinagre y de su sabor. Eso
requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo
así se logra la capacitación para lo que
estamos destinados[26].
Aunque Agustín habla directamente sólo de la
receptividad para con Dios, se ve claramente
que con este esfuerzo por liberarse del
vinagre y de su sabor, el hombre no sólo se
hace libre para Dios, sino que se abre
también a los demás. En efecto, sólo
convirtiéndonos en hijos de Dios podemos
estar con nuestro Padre común. Rezar no
significa salir de la historia y retirarse
en el rincón privado de la propia felicidad.
El modo apropiado de orar es un proceso de
purificación interior que nos hace capaces
para Dios y, precisamente por eso, capaces
también para los demás. En la oración, el
hombre ha de aprender qué es lo que
verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que
es digno de Dios. Ha de aprender que no
puede rezar contra el otro. Ha de aprender
que no puede pedir cosas superficiales y
banales que desea en ese momento, la pequeña
esperanza equivocada que lo aleja de Dios.
Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas.
Debe liberarse de las mentiras ocultas con
que se engaña a sí mismo: Dios las escruta,
y la confrontación con Dios obliga al hombre
a reconocerlas también. « ¿Quién conoce sus
faltas? Absuélveme de lo que se me oculta »,
ruega el salmista (19[18],13). No reconocer
la culpa, la ilusión de inocencia, no me
justifica ni me salva, porque la ofuscación
de la conciencia, la incapacidad de
reconocer en mí el mal en cuanto tal, es
culpa mía. Si Dios no existe, entonces
quizás tengo que refugiarme en estas
mentiras, porque no hay nadie que pueda
perdonarme, nadie que sea el verdadero
criterio. En cambio, el encuentro con Dios
despierta mi conciencia para que ésta ya no
me ofrezca más una autojustificación ni sea
un simple reflejo de mí mismo y de los
contemporáneos que me condicionan, sino que
se transforme en capacidad para escuchar el
Bien mismo.
34.
Para que la oración produzca esta fuerza
purificadora debe ser, por una parte, muy
personal, una confrontación de mi yo con
Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha
de estar guiada e iluminada una y otra vez
por las grandes oraciones de la Iglesia y de
los santos, por la oración litúrgica, en la
cual el Señor nos enseña constantemente a
rezar correctamente. El Cardenal Nguyen Van
Thuan cuenta en su libro de Ejercicios
espirituales cómo en su vida hubo largos
períodos de incapacidad de rezar y cómo él
se aferró a las palabras de la oración de la
Iglesia: el Padrenuestro, el Ave María y las
oraciones de la Liturgia[27].
En la oración tiene que haber siempre esta
interrelación entre oración pública y
oración personal. Así podemos hablar a Dios,
y así Dios nos habla a nosotros. De este
modo se realizan en nosotros las
purificaciones, a través de las cuales
llegamos a ser capaces de Dios e idóneos
para servir a los hombres. Así nos hacemos
capaces de la gran esperanza y nos
convertimos en ministros de la esperanza
para los demás: la esperanza en sentido
cristiano es siempre esperanza para los
demás. Y es esperanza activa, con la cual
luchamos para que las cosas no acaben en un
« final perverso ». Es también esperanza
activa en el sentido de que mantenemos el
mundo abierto a Dios. Sólo así permanece
también como esperanza verdaderamente
humana.
II. El
actuar y el sufrir como lugares de
aprendizaje de la esperanza
35.
Toda actuación seria y recta del hombre es
esperanza en acto. Lo es ante todo en el
sentido de que así tratamos de llevar
adelante nuestras esperanzas, más grandes o
más pequeñas; solucionar éste o aquel otro
cometido importante para el porvenir de
nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo
para que el mundo llegue a ser un poco más
luminoso y humano, y se abran así también
las puertas hacia el futuro. Pero el
esfuerzo cotidiano por continuar nuestra
vida y por el futuro de todos nos cansa o se
convierte en fanatismo, si no está iluminado
por la luz de aquella esperanza más grande
que no puede ser destruida ni siquiera por
frustraciones en lo pequeño ni por el
fracaso en los acontecimientos de
importancia histórica. Si no podemos esperar
más de lo que es efectivamente posible en
cada momento y de lo que podemos esperar que
las autoridades políticas y económicas nos
ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy
pronto a quedar sin esperanza. Es importante
sin embargo saber que yo todavía puedo
esperar, aunque aparentemente ya no tenga
nada más que esperar para mi vida o para el
momento histórico que estoy viviendo. Sólo
la gran esperanza-certeza de que, a pesar de
todas las frustraciones, mi vida personal y
la historia en su conjunto están custodiadas
por el poder indestructible del Amor y que,
gracias al cual, tienen para él sentido e
importancia, sólo una esperanza así puede en
ese caso dar todavía ánimo para actuar y
continuar. Ciertamente, no « podemos
construir » el reino de Dios con nuestras
fuerzas, lo que construimos es siempre reino
del hombre con todos los límites propios de
la naturaleza humana. El reino de Dios es un
don, y precisamente por eso es grande y
hermoso, y constituye la respuesta a la
esperanza. Y no podemos –por usar la
terminología clásica– « merecer » el cielo
con nuestras obras. Éste es siempre más de
lo que merecemos, del mismo modo que ser
amados nunca es algo « merecido », sino
siempre un don. No obstante, aun siendo
plenamente conscientes de la « plusvalía »
del cielo, sigue siendo siempre verdad que
nuestro obrar no es indiferente ante Dios y,
por tanto, tampoco es indiferente para el
desarrollo de la historia. Podemos abrirnos
nosotros mismos y abrir el mundo para que
entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es
lo que han hecho los santos que, como «
colaboradores de Dios », han contribuido a
la salvación del mundo (cf.
1 Co 3,9;
1 Ts
3,2). Podemos liberar nuestra vida y el
mundo de las intoxicaciones y
contaminaciones que podrían destruir el
presente y el futuro. Podemos descubrir y
tener limpias las fuentes de la creación y
así, junto con la creación que nos precede
como don, hacer lo que es justo, teniendo en
cuenta sus propias exigencias y su
finalidad. Eso sigue teniendo sentido aunque
en apariencia no tengamos éxito o nos veamos
impotentes ante la superioridad de fuerzas
hostiles. Así, por un lado, de nuestro obrar
brota esperanza para nosotros y para los
demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da
ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en
los momentos buenos como en los malos, es la
gran esperanza fundada en las promesas de
Dios.
36. Al
igual que el obrar, también el sufrimiento
forma parte de la existencia humana. Éste se
deriva, por una parte, de nuestra finitud y,
por otra, de la gran cantidad de culpas
acumuladas a lo largo de la historia, y que
crece de modo incesante también en el
presente. Conviene ciertamente hacer todo lo
posible para disminuir el sufrimiento;
impedir cuanto se pueda el sufrimiento de
los inocentes; aliviar los dolores y ayudar
a superar las dolencias psíquicas. Todos
estos son deberes tanto de la justicia como
del amor y forman parte de las exigencias
fundamentales de la existencia cristiana y
de toda vida realmente humana. En la lucha
contra el dolor físico se han hecho grandes
progresos, aunque en las últimas décadas ha
aumentado el sufrimiento de los inocentes y
también las dolencias psíquicas. Es cierto
que debemos hacer todo lo posible para
superar el sufrimiento, pero extirparlo del
mundo por completo no está en nuestras
manos, simplemente porque no podemos
desprendernos de nuestra limitación, y
porque ninguno de nosotros es capaz de
eliminar el poder del mal, de la culpa, que
–lo vemos– es una fuente continua de
sufrimiento. Esto sólo podría hacerlo Dios:
y sólo un Dios que, haciéndose hombre,
entrase personalmente en la historia y
sufriese en ella. Nosotros sabemos que este
Dios existe y que, por tanto, este poder que
« quita el pecado del mundo » (Jn
1,29) está presente en el mundo. Con la fe
en la existencia de este poder ha surgido en
la historia la esperanza de la salvación del
mundo. Pero se trata precisamente de
esperanza y no aún de cumplimiento;
esperanza que nos da el valor para ponernos
de la parte del bien aun cuando parece que
ya no hay esperanza, y conscientes además de
que, viendo el desarrollo de la historia tal
como se manifiesta externamente, el poder de
la culpa permanece como una presencia
terrible, incluso para el futuro.
37.
Volvamos a nuestro tema. Podemos tratar de
limitar el sufrimiento, luchar contra él,
pero no podemos suprimirlo. Precisamente
cuando los hombres, intentando evitar toda
dolencia, tratan de alejarse de todo lo que
podría significar aflicción, cuando quieren
ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad,
del amor y del bien, caen en una vida vacía
en la que quizás ya no existe el dolor, pero
en la que la oscura sensación de la falta de
sentido y de la soledad es mucho mayor aún.
Lo que cura al hombre no es esquivar el
sufrimiento y huir ante el dolor, sino la
capacidad de aceptar la tribulación, madurar
en ella y encontrar en ella un sentido
mediante la unión con Cristo, que ha sufrido
con amor infinito. En este contexto,
quisiera citar algunas frases de una carta
del mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Thin (†
1857) en las que resalta esta transformación
del sufrimiento mediante la fuerza de la
esperanza que proviene de la fe. « Yo,
Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo,
os quiero explicar las tribulaciones en que
me veo sumergido cada día, para que,
enfervorizados en el amor de Dios, alabéis
conmigo al Señor, porque es eterna su
misericordia (cf.
Sal 136 [135]).
Esta cárcel es un verdadero infierno: a los
crueles suplicios de toda clase, como son
grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay
que añadir el odio, las venganzas, las
calumnias, palabras indecentes, peleas,
actos perversos, juramentos injustos,
maldiciones y, finalmente, angustias y
tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo
libró a los tres jóvenes del horno de fuego,
está siempre conmigo y me libra de las
tribulaciones y las convierte en dulzura,
porque es eterna su misericordia. En medio
de estos tormentos, que aterrorizarían a
cualquiera, por la gracia de Dios estoy
lleno de gozo y alegría, porque no estoy
solo, sino que Cristo está conmigo[...].
¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada
día cómo los emperadores, los mandarines y
sus cortesanos blasfeman tu santo nombre,
Señor, que te sientas sobre los querubines y
serafines? (cf.
Sal 80 [79],2).
¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos!
¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto,
prefiero, encendido en tu amor, morir
descuartizado, en testimonio de tu amor.
Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu
apoyo, para que la fuerza se manifieste en
mi debilidad y sea glorificada ante los
gentiles [...]. Queridos hermanos al
escuchar todo esto, llenos de alegría,
tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de
quien procede todo bien; bendecid conmigo al
Señor, porque es eterna su misericordia
[...]. Os escribo todo esto para que se unan
vuestra fe y la mía. En medio de esta
tempestad echo el ancla hasta el trono de
Dios, esperanza viva de mi corazón... »[28].
Ésta es una carta « desde el infierno ». Se
expresa todo el horror de un campo de
concentración en el cual, a los tormentos
por parte de los tiranos, se añade el
desencadenarse del mal en las víctimas
mismas que, de este modo, se convierten
incluso en nuevos instrumentos de la
crueldad de los torturadores. Es una carta
desde el « infierno », pero en ella se hace
realidad la exclamación del
Salmo: « Si
escalo el cielo, allí estás tú; si me
acuesto en el abismo, allí te encuentro...
Si digo: ‘‘Que al menos la tiniebla me
encubra ...'', ni la tiniebla es oscura para
ti, la noche es clara como el día » (Sal
139 [138] 8-12; cf.
Sal
23[22], 4). Cristo ha
descendido al « infierno » y así está cerca
de quien ha sido arrojado allí,
transformando por medio de Él las tinieblas
en luz. El sufrimiento y los tormentos son
terribles y casi insoportables. Sin embargo,
ha surgido la estrella de la esperanza, el
ancla del corazón llega hasta el trono de
Dios. No se desata el mal en el hombre, sino
que vence la luz: el sufrimiento –sin dejar
de ser sufrimiento– se convierte a pesar de
todo en canto de alabanza.
38. La
grandeza de la humanidad está determinada
esencialmente por su relación con el
sufrimiento y con el que sufre. Esto es
válido tanto para el individuo como para la
sociedad. Una sociedad que no logra aceptar
a los que sufren y no es capaz de contribuir
mediante la compasión a que el sufrimiento
sea compartido y sobrellevado también
interiormente, es una sociedad cruel e
inhumana. A su vez, la sociedad no puede
aceptar a los que sufren y sostenerlos en su
dolencia si los individuos mismos no son
capaces de hacerlo y, en fin, el individuo
no puede aceptar el sufrimiento del otro si
no logra encontrar personalmente en el
sufrimiento un sentido, un camino de
purificación y maduración, un camino de
esperanza. En efecto, aceptar al otro que
sufre significa asumir de alguna manera su
sufrimiento, de modo que éste llegue a ser
también mío. Pero precisamente porque ahora
se ha convertido en sufrimiento compartido,
en el cual se da la presencia de un otro,
este sufrimiento queda traspasado por la luz
del amor. La palabra latina
consolatio,
consolación, lo expresa de manera muy bella,
sugiriendo un « ser-con » en la soledad, que
entonces ya no es soledad. Pero también la
capacidad de aceptar el sufrimiento por amor
del bien, de la verdad y de la justicia, es
constitutiva de la grandeza de la humanidad
porque, en definitiva, cuando mi bienestar,
mi incolumidad, es más importante que la
verdad y la justicia, entonces prevalece el
dominio del más fuerte; entonces reinan la
violencia y la mentira. La verdad y la
justicia han de estar por encima de mi
comodidad e incolumidad física, de otro modo
mi propia vida se convierte en mentira. Y
también el « sí » al amor es fuente de
sufrimiento, porque el amor exige siempre
nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me
dejo modelar y herir. En efecto, no puede
existir el amor sin esta renuncia también
dolorosa para mí, de otro modo se convierte
en puro egoísmo y, con ello, se anula a sí
mismo como amor.
39.
Sufrir con el otro, por los otros; sufrir
por amor de la verdad y de la justicia;
sufrir a causa del amor y con el fin de
convertirse en una persona que ama
realmente, son elementos fundamentales de
humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre
mismo. Pero una vez más surge la pregunta:
¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan
importante como para que, por él, yo me
convierta en una persona que sufre? ¿Es tan
importante para mí la verdad como para
compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la
promesa del amor que justifique el don de mí
mismo? En la historia de la humanidad, la fe
cristiana tiene precisamente el mérito de
haber suscitado en el hombre, de manera
nueva y más profunda, la capacidad de estos
modos de sufrir que son decisivos para su
humanidad. La fe cristiana nos ha enseñado
que verdad, justicia y amor no son
simplemente ideales, sino realidades de
enorme densidad. En efecto, nos ha enseñado
que Dios –la Verdad y el Amor en persona– ha
querido sufrir por nosotros y con nosotros.
Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa
expresión:
Impassibilis est Deus, sed non
incompassibilis[29],
Dios no puede padecer, pero puede
compadecer. El hombre tiene un valor tan
grande para Dios que se hizo hombre para
poder com-padecer Él mismo con el hombre, de
modo muy real, en carne y sangre, como nos
manifiesta el relato de la Pasión de Jesús.
Por eso, en cada pena humana ha entrado uno
que comparte el sufrir y el padecer; de ahí
se difunde en cada sufrimiento la
con-solatio, el
consuelo del amor participado de Dios y así
aparece la estrella de la esperanza.
Ciertamente, en nuestras penas y pruebas
menores siempre necesitamos también nuestras
grandes o pequeñas esperanzas: una visita
afable, la cura de las heridas internas y
externas, la solución positiva de una
crisis, etc. También estos tipos de
esperanza pueden ser suficientes en las
pruebas más o menos pequeñas. Pero en las
pruebas verdaderamente graves, en las cuales
tengo que tomar mi decisión definitiva de
anteponer la verdad al bienestar, a la
carrera, a la posesión, es necesaria la
verdadera certeza, la gran esperanza de la
que hemos hablado. Por eso necesitamos
también testigos, mártires, que se han
entregado totalmente, para que nos lo
demuestren día tras día. Los necesitamos en
las pequeñas alternativas de la vida
cotidiana, para preferir el bien a la
comodidad, sabiendo que precisamente así
vivimos realmente la vida. Digámoslo una vez
más: la capacidad de sufrir por amor de la
verdad es un criterio de humanidad. No
obstante, esta capacidad de sufrir depende
del tipo y de la grandeza de la esperanza
que llevamos dentro y sobre la que nos
basamos. Los santos pudieron recorrer el
gran camino del ser hombre del mismo modo en
que Cristo lo recorrió antes de nosotros,
porque estaban repletos de la gran
esperanza.
40. Quisiera
añadir aún una pequeña observación sobre los
acontecimientos de cada día que no es del
todo insignificante. La idea de poder
«ofrecer» las pequeñas dificultades
cotidianas, que nos aquejan una y otra vez
como punzadas más o menos molestas, dándoles
así un sentido, era parte de una forma de
devoción todavía muy difundida hasta no hace
mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos
practicada. En esta devoción había sin duda
cosas exageradas y quizás hasta malsanas,
pero conviene preguntarse si acaso no
comportaba de algún modo algo esencial que
pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir
«ofrecer»? Estas personas estaban
convencidas de poder incluir sus pequeñas
dificultades en el gran com-padecer de
Cristo, que así entraban a formar parte de
algún modo del tesoro de compasión que
necesita el género humano. De esta manera,
las pequeñas contrariedades diarias podrían
encontrar también un sentido y contribuir a
fomentar el bien y el amor entre los
hombres. Quizás debamos preguntarnos
realmente si esto no podría volver a ser una
perspectiva sensata también para nosotros.
III. El
Juicio como lugar de aprendizaje y ejercicio
de la esperanza
41. La
parte central del gran
Credo
de la Iglesia, que
trata del misterio de Cristo desde su
nacimiento eterno del Padre y el nacimiento
temporal de la Virgen María, para seguir con
la cruz y la resurrección y llegar hasta su
retorno, se concluye con las palabras: « de
nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos
y muertos ». Ya desde los primeros tiempos,
la perspectiva del Juicio ha influido en los
cristianos, también en su vida diaria, como
criterio para ordenar la vida presente, como
llamada a su conciencia y, al mismo tiempo,
como esperanza en la justicia de Dios. La fe
en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás
ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante,
hacia la hora de la justicia que el Señor
había preanunciado repetidamente. Este mirar
hacia adelante ha dado la importancia que
tiene el presente para el cristianismo. En
la configuración de los edificios sagrados
cristianos, que quería hacer visible la
amplitud histórica y cósmica de la fe en
Cristo, se hizo habitual representar en el
lado oriental al Señor que vuelve como rey
–imagen de la esperanza–, mientras en el
lado occidental estaba el Juicio final como
imagen de la responsabilidad respecto a
nuestra vida, una representación que miraba
y acompañaba a los fieles justamente en su
retorno a lo cotidiano. En el desarrollo de
la iconografía, sin embargo, se ha dado
después cada vez más relieve al aspecto
amenazador y lúgubre del Juicio, que
obviamente fascinaba a los artistas más q |